jueves 30 de junio de 2005

¿Será que no nos entendemos?

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Periodismo e Iglesia

Como parte de sus charlas abiertas mensuales, FOPEA reunió a un panel de especialistas en comunicación de temas religiosos. La falta de acceso a la información eclesiástica, la autocrítica del periodismo, el caso Baseotto y la muerte de Juan Pablo II.

Convocados por el Foro del Periodismo Argentino (FOPEA), y con la participación del Club Gente de Prensa, un representante de la Conferencia Episcopal Argentina y tres periodistas especializados en temas religiosos coincidieron en que la relación entre periodismo e Iglesia en la Argentina ha estado signada por mutuos problemas de incomprensión. LOS PERIODISTAS Y LA IGLESIA. Dogmas, prejuicios y verdades fue el tema disparador de un encuentro que se realizó en el auditorio Emilio Mignone de la Fundación Poder Ciudadano, el último jueves 30 de junio.

En una charla abierta de más de dos horas Jorge Oesterheld, vocero de la Conferencia Episcopal, Bartolomé de Vedia, del diario La Nación, Sergio Rubin, de Clarín, y Washington Uranga, de Página/12, concordaron además en que la relación entre Iglesia y Gobierno atraviesa uno de sus momentos de mayor frialdad en las últimas décadas.

De Vedia fue el encargado de abrir el debate. Comenzó describiendo un contexto comunicacional donde la tendencia a un “pensamiento único” no es monopolio de la lucha política o de la discusión filosófica, sino que alcanza a medios y periodistas. “Se ha impuesto una dinámica comunicacional que persigue definiciones de blanco o negro, de bueno o malo, una práctica reduccionista y simplificadora”. “¿Qué hacemos entonces los periodistas para enfrentar al pensamiento único?”, disparó. En un contexto en el que se ha instalado un modo único de ver el mundo, “parece que hemos renunciado el ejercicio del pluralismo interior, que es una condición básica del periodista”.

Oesterheld aclaró de entrada que no es periodista, pero igualmente recogió el guante. Admitió que hasta hace un par de décadas la Iglesia mantenía una postura rígida y prácticamente no había espacio para ninguna debate. Hoy, resaltó, la Iglesia argentina considera al diálogo como un instrumento esencial. “El diálogo, cuando no es una mera reunión de palabras, es la única forma de acción a largo plazo que sirve a la sociedad. Del respeto a la diversidad se puede llegar a la unidad, y en busca de la unidad aprendemos a respetar la diversidad”, sintetizó.

El encargado del área comunicacional de la Conferencia Episcopal ejemplificó con un tema sensible a la Iglesia y a los periodistas. “Hasta hace poco la ética era un asunto cerrado para los obispos –recordó-. Hoy, con los cambios que ha experimentado la sociedad, la Iglesia entiende que hay mucho para conversar”. Y agregó que, para su sorpresa, “a veces algunos periodistas se acercan con posiciones más rígidas que las de la propia Iglesia”.

Rubin se apoyó en esta afirmación para hilvanar una fuerte autocrítica. Enfatizó que mientras la Iglesia en América latina ha emprendido desde la década del ’70 un camino de mayor apertura informativa, mayor amplitud en los márgenes de libertad y de tolerancia a la crítica, “el periodismo ha conservado prejuicios y persistido en críticas tan duras hacia la Iglesia (algunas de ellas fundadas), que ésta, a veces desconcertada, respondió cerrándose un poco en ciertos aspectos”. Recordó épocas no muy lejanas donde “escribir sobre temas religiosos era un trabajo peligroso, que podía generar presiones de la Iglesia y la caída de alguna cabeza en un medio”. Pero sostuvo que en los últimos años la sociedad en general “ha comenzado a percibir los cambios en la institución, y es corresponsabilidad de la Iglesia y de los periodistas avanzar en este sentido y dejar de lado ciertos clichés”.

Para Uranga, el punto neurálgico de la tensión entre Iglesia y periodistas es “una historia de desconocimiento mutuo: de la Iglesia sobre los medios y de éstos hacia la institución religiosa”. Explicó que “la tendencia a reflexionar con categorías políticas, ha llevado a los periodistas a analizar a la Iglesia en su manifestación institucional, cuando la Iglesia es el emergente de una realidad social, política y económica. Y la Iglesia, por desconocer los mecanismos de elaboración del mensaje, ha demostrado una incapacidad histórica para comprender cómo será interpretado lo que dice”. Unos y otros incurren en “simplificaciones” que perjudican la comunicación, aseguró.

Debate abierto

Guiados por las preguntas del público, los panelistas profundizaron cada punto. De Vedia amplió su pintura sobre el pensamiento único marcando la homogénea indiferencia de los medios masivos hacia el mensaje religioso. “Diría más, hacia el hecho religioso. Parece haber una competencia por ver quién es más ‘moderno’, viendo los temas religiosos como algo arcaico e intrascendente en lo social”, lamentó.

Esa tendencia, para Osterheld, alimenta la ignorancia sobre temas centrales. “Para la Iglesia, no es lo mismo divorcio que aborto, matrimonio homosexual que adopción”, enfatizó. Y retomando la idea de Uranga instó a “que la Iglesia simplifique bien” para que su mensaje sea preciso y comprensible, y a “que los periodistas no simplifiquen mal” para evitar conclusiones apresuradas en temas complejos. “Aquí hay un problema de fondo: no nos estamos entendiendo, y me pregunto si esto es un problema de lenguaje o un problema de actitud”, advirtió el sacerdote.

Rubin consideró que la Iglesia, a pesar de la apertura encarada, sigue fallando ante la necesidad de sus fieles de conocer día a día la palabra de los referentes eclesiásticos. Explicó que la estructura organizacional de la Iglesia tiene tal complejidad que muchas veces alguna autoridad teme expresarse si antes no tiene la referencia de su superior. “Esto es un problema. A veces no responden a las consultas de los periodistas, ni siquiera contestan el teléfono”, reveló.

Uranga aportó un análisis comparativo. La Iglesia colombiana, como parte del proceso de paz, no puede dejar sin una rápida respuesta a la sociedad mientras los enfrentamientos militares se cobran tantas vidas. Mientras la Conferencia Episcopal Brasileña realiza sesiones abiertas como las del Congreso, registradas en actas de libre acceso donde se sabe qué opinó cada obispo sobre cada tema. “Acá las actas están guardadas con siete llaves”, ironizó.

Del auditorio surgió un nuevo disparador: la impresión de que los periodistas religiosos conocen más de lo que tienen la libertad de publicar. De Vedia respondió: “Hay en los medios y en los periodistas, y también en la sociedad, una expectativa frente a la Iglesia. No aceptan que detrás de lo que van a investigar tal vez no haya nada, y tampoco se aceptan las medias tintas. Se busca una definición tajante por blanco o negro, cuando la realidad tiene matices. Y la información sin matices, no es información”.

Apoyado en esta idea, Oesterheld comentó que algunos periodistas quedan desconcertados cuando se encuentran con un sacerdote dispuesto a hablar de todo abiertamente. “Se quedan sin libreto”, ironizó. No obstante, reconoció que muchos integrantes de la Iglesia se cierran pues tienen cierto temor de hablar con el periodismo. “La evolución tecnológica hace que lo que se dice por la mañana en una radio sea reproducido durante el día en decenas de medios, y en el camino a veces se producen extrapolaciones que desvirtúan lo dicho. Entonces cada obispo prefiere limitarse a lo que compete a su ámbito para no arriesgarse a malinterpretaciones”, explicó.

Problemas de oficio

Uranga se mostró convencido de que los periodistas religiosos no tienen más problemas de acceso a la información que los del ámbito político o económico. “Personalmente me ocurre que recorro el país, y si voy a Jujuy o a Comodoro Rivadavia no tengo problemas en sentarme a conversar con el obispo de cada lugar, incluso en off the record. Creo que hay cierta idealización de las jerarquías eclesiásticas como inaccesibles”, argumentó. “Cada periodista sabe en qué debe tener cuidado. Y esto va más allá del tema que se trate, religioso o no. Yo peleo con mis editores para que mi trabajo se publique como corresponde y no se desvirtúe”, confió. Oesterheld completó la idea asegurando que “tener cuidado no significa limitar la libertad. El acceso a las fuentes de información se gana con trabajo serio y ético, como en cualquier otro ámbito del periodismo”.

Periodistas presentes señalaron que la diversidad de opiniones y posturas dentro de la Iglesia dificulta el acceso a la versión oficial. Y algunos preguntaron sobre la posiblidad de que la institución tuviera su propio medio. “Es una discusión que cada tanto aparece”, admitió Oesterheld. “Pero creo que eso no solucionaría el problema. La pluralidad de opiniones hacia adentro haría que los periodistas se preguntaran ‘¿este medio a qué sector de la Iglesia pertenece?’, ‘lo dijo tal entonces significa esto o aquello’. Desde la Iglesia siempre existirá ese pluralismo”, aseveró.

Como cierre de la charla y fuera de panel, José Ignacio López, columnista de temas religiosos por más de una década, celebró el encuentro. “Los periodistas debemos una autocrítica. Tenemos nuestra parte de responsabilidad en lo que pasa y no siempre encontramos espacios para hablarlo abiertamente. Me alegro además que nos hayamos juntado en este auditorio, que lleva el nombre de un luchador incansable por el diálogo y los derechos de las personas, don Emilio Mignone”, concluyó.

El caso Baseotto y el nuevo Papa

Dos hechos dejaron huella en el ámbito eclesiástico en lo que va del año. Uno, el conflicto entre Iglesia y Gobierno por las declaraciones del obispo castrense Antonio Baseotto. El otro, la muerte de Juan Pablo II.

“El de Baseotto es el típico caso de reduccionismo a nivel social y, obviamente, de los medios. Fue una exageración de parte del Gobierno, pero también de parte del obispo. El tema merecía una mayor reflexión, pero Baseotto no midió lo que estaba diciendo y el Gobierno exageró pues tal vez le venía bien la situación”, estimó De Vedia. “Es un claro efecto de esta dinámica reduccionista y polarizadora que olvida los matices y alimenta una lógica de guerra”, concluyó.

Los panelistas coincidieron en que no fue un hecho aislado y que Iglesia y Gobierno mantienen el diálogo menos fluido de los últimos años.

En cuanto al deceso de Juan Pablo II, Rubín se mostró alarmado por la forma en que algunos periodistas argentinos analizaron la figura de Karol Wojtyla. Enfatizó que oyó y leyó calificativos como “nazi” o afirmaciones despectivas, muestras lo que consideró un notorio desconocimiento de la obra del difunto Papa.

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